U. y Progreso 36,5 8 2 10
El Tala 35,5 7 3 10
 Atalaya 35,0 6 4 10
 Temperley 34,0 4 6 10
CAOVA 32,0 3 7 10
Echesortu 28,5 2 8 10
Sportsmen 34,0 8 2 10
Náutico 32,0 6 4 10
Sp. América 28,5 7 3 10
Ciclón 28,5 6 4 10
Puerto 26,5 2 8 10
Talleres 23,5 1 9 10
         
         
         
         
         
         
         
         
     
 
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29/11/2019
Página del recuerdo | El Tala
RECUERDOS DEL PRIMER AMOR
Carlos Altamirano y una bonita página de sus inicios en el básquet (y en la vida) en el club del barrio. Si tiene un rato, pase y lea.
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Carlos Altamirano
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La fachada que dice mucho
Córdoba. Noviembre de 2019. Es jueves. Y es muy temprano. El sol acaba de asomarse, lo puedo ver a través del inmenso ventanal de desayunador del hotel. No tengo apetito. Me acompañan un vaso de jugo de naranja, el diario plegado a la mitad, una mesa para cuatro y un silencio sepulcral. Abro Twitter, me río de algunas interacciones. Tengo seguidores que, de madrugada, se ponen graciosos. Suelto una risa con más aire que sonido. Los tres mozos me miran, serios, tiesos. Deben creer que estoy loco. Vaya novedad… Actualizo: como noticia inicial aparece una foto. No sigo a quien la publicó, no lo conozco. Pero alguien le hizo RT, y apareció en mi timeline. Fue sacada al paso, sin esmero. Se nota. Tiene fea iluminación, no está encuadrada. Pero también tiene dos detalles que me paralizan. Un letrero, con tres palabras: EL TALA CLUB. Y arriba, el ventanal de la secretaría. Mi dedo índice la abre, y el pulgar ayuda para agrandarla. Mi cabeza retrocede 30 años. Así, de sopetón. Ese barrio rosarino ya no es mi barrio. De hecho, el club hace rato que no es lo que era, ni edilicia ni socialmente. Pero el letrero es el mismo. Y el ventanal de la secretaría también. De hecho, es ese ventanal el que me desencaja.
Pienso en mi vieja trabajando ahí dentro, en las veces que entraba sin golpear la puerta para pedirle un peso, en el frío congelante de ese aire acondicionado que no se podía regular, en los cuadros mal colgados en las paredes, en el armario repleto de formularios, de impuestos impagos. Pienso en el cuaderno de morosos, en el aroma a Marlboro, en esos dos escritorios antiguos, en el teléfono a disco, en las veces que habré llamado al 823374. Vuelvo a pensar en mi vieja, y en que allí mismo conoció a mi viejo. Pienso en mi viejo, en las veces que me hacía upa para que llegue a meterla en el aro. Pienso en la cancha con piso de mosaico, en las pelotas ovaladas, en las Topper de lona y las medias altas, en el nudito en la camiseta para que no me moleste al picar.
Pienso que ahí dentro me enamoré del básquet. Pienso que entrenaba lunes, miércoles y viernes; pero que iba todos los días, religiosamente, de 17 a 20.30. Pienso en los escondites para lucirme y ser el que salvaba a todos menos a uno. Pienso en cuando me trepaba al árbol de enfrente, en cuando usaba el garaje del vecino como arco de fútbol, en las horas que pasábamos con los pibes sentados en las escalinatas de la entrada sin saber que se trataba del albor de nuestra amistad.
Pienso en esa pileta maravillosa, en los resbalones por jugar a la carpa escondida, en no ser el Indio porque todos eran buenos nadadores. Pienso en los guardavidas, sus retos y las horas fuera del agua por no obedecer. Pienso en ese triste momento cuando sonaba el silbato de las 20 que sólo permitía que los mayores de 18 puedan quedarse una hora más en la pile. Pienso en mi papá que, sin ganas, se tiraba sólo para que yo pueda quedarme una hora más, como si las nueve anteriores no hubiesen sido suficientes.
Pienso en el almacén de enfrente, en el sánguche de mortadela del Ñato que costaba cinco mangos, o seis con un sobre de mayonesa. Pienso en la “vaquita” para la Coca, en el 139 que frenaba en la esquina, aturdía y nos tiraba un humo espantoso. Pienso en los asaltos de los sábados a la noche, en mi primer lento, en mi primer beso, y en mi primer desamor. Pienso en la morocha de vóley, y en la rubia de patín. Pienso en mi hermana haciendo gimnasia deportiva, en mi hermano defendiéndome de los más grandes y en mi tío jugando al 21 con mi primo.
Pienso en lo larga que era la semana hasta que el bendito sábado me transformaba el ánimo para jugar en infantiles, cadetes y juveniles. Pienso en las noches de verano tirando al aro hasta la madrugada sin siquiera luz artificial. Pienso en la Primera jugando los viernes a la noche, en el olor a chori, en los papelitos que tirábamos desde el escenario. Pienso en cuando ascendimos a la “A” frente a nuestro eterno rival. Pienso en la muñequera que me regaló el base del club en los festejos. Pienso que él era mi ídolo, y no un crack de la NBA.
Pienso en la fiesta de fin de año, en el orgullo que me provocaba recibir esa medalla. Pienso en que años más tarde usaría un micrófono por primera para conducir esa mismísima fiesta. Pienso en el carnaval improvisado, en los baldazos de agua, en cómo dolían los bombuchas en la espalda. Pienso en la semana pasada, que luego de varios meses pasé manejando por la puerta del club y bajé la velocidad sólo para mirar su fachada. Esa misma fachada de la foto que tengo, por casualidad, ahora en mi teléfono. Pienso en lo afortunado que soy por haber formado mi ADN en un club de barrio.
Guardo la foto en el teléfono. Salgo de Twitter. Me sirvo un café con leche y un criollito. Ojeo el diario sin poder concentrarme siquiera en los títulos. Mi cabeza sigue estando ahí, en esa secretaría helada, en mi vieja llevándome al club, en mi viejo gritándome para volver a casa.
 
 
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