Echesortu 27 12 3 15
Atalaya 26 11 4 15
Temperley 25 10 5 15
El Tala 25 10 5 15
Talleres 23 8 7 15
Estudiantil 22 7 8 15
Ciclón 20 5 10 15
Gimnasia 19 4 11 15
Fisherton 17 1 15 16
U. y Progreso 27 12 3 15
Sportsmen 26 11 4 15
Puerto 25 9 7 16
Regatas 23 8 7 15
Caova 23 8 7 15
Provincial 22 7 8 15
Alumni 21 6 9 15
Náutico 19 4 11 15
Banco 18 3 12 15
     
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30/07/2012
Página del recuerdo | Provincial campeón
El recorte de La Capi
AQUELLA DEFINICIÓN INOLVIDABLE
Rodrigo Sánchez logró recopilar datos sobre la recordada final entre Provincial y Sportsmen que ganó el Rojo. Y en esta nota te damos el video del tanto clave de Juan Andrés Olivier además de los recortes de La Capital. Sencillamente imperdible.... [+]
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06/10/2010
Página del recuerdo | Por David Ferrara
TODO UN PERSONAJE
El básquet a veces brinda la oportunidad de conocer a personajes increíbles, pintorescos. Ya hace tiempo, en las épocas de Newell’s en el Torneo Nacional de Ascenso, los viajes a la localidad cordobesa de San Francisco eran toda una oportunidad de ver a un equipo distinto: San Isidro. En ese elenco jugaba un conocido ex Central, Germán Sciutto, que ahora brilla en el ascenso italiano. Pero la particularidad de ese elenco era a qué y cómo jugaba. San Isidro era una máquina de correr, con posesiones cortas y sin puestos definidos. Una verdadera locura de vértigo y velocidad que obtenía muy buenos resultados. A Newell’s le dio varios dolores de cabeza.... [+]
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12/06/2008
Página del recuerdo
HISTORIAS DE LA NUEVA ERA DEL ARGENTINO - Cap. I: Neuquén `99

Plantel
Leo Ansaloni, Sebastián Garnero, Juan Andrés Olivier, Ariel Bernardini, Fernando Cabenovsky, Leo Mauti, Hernán Trentini, Alberto Grenón, Gustavo Monella, Alejandro Reinick, Mauricio Hedman y Luciano Massari. DT: Edgardo Venturi.

La campaña
Santa Fe 75 vs. San Luis 72               Mauti 26 puntos
Santa Fe 90 vs. Río Negro 77             Mauti 20
Santa Fe 84 vs. Buenos Aires 83        Monella 18
Santa Fe 62 vs. Chaco 75                   Trentini 12

Semifinal
Entre Ríos 80 vs. Santa Fe 70             Trentini 15

Tercer puesto
Santa Fe 78 vs. Neuquén 86                Mauti 20

Santa Fe fue campeón en La Rioja en 1997 con un plantel armado por Pablo D’Angelo e integrado por Fabricio Massari, Fabián Righi, Claudio Sollberg, Gustavo Piscioni, Marcelo Ottolini, Danilo Delset, Mariano Ceruti, Diego Fessia, Gustavo Monella, Alejandro Reinick, Roberto López y ¡Andrés Nocioni!

Venía de ganar el Argentino Sub 22 y un grupo con mayoría de pibes logró devolverle un título que desde hacía muchos años (1977) esquivaba a Santa Fe.

Pero un año después, a horas de viajar al Argentino, un conflicto entre Federación y plantel desembocó en la deserción santafesina a la hora de defender la corona.

Tras la ausencia en 1998 en el Argentino de Tucumán, Santa Fe afrontaba el desafío de recuperar su prestigio, mismo objetivo que buscaba el certamen todo, al que le costaba reunir jugadores de Liga por conservar su espíritu ultra amateur. Ya no había TV nacional, el alojamiento era cada vez peor, las figuras cada vez menos. La Liga se había quedado con todas las luces y la Confederación Argentina no había dado un golpe de timón para cambiar la historia. Y 1999 fue clave, porque se anunció de parte de Río Negro y Neuquén un importante premio económico. Ilusionadas, las Federaciones buscaron a lo mejor que había en el mercado y se embarcaron en promesas. Con los equipos en pleno viaje, aquellos que iban a poner el dinero se borraron y hubo que salir a cubrir las falencias. Igual, el torneo ganó en nombres, con Buenos Aires reforzado, Entre Ríos potenciado y varias estrellas.

Santa Fe tuvo una buena labor, con un mix entre jugadores de la Rosarina (Reinick, Garnero, Cabenovsky, Massari) y de Liga (Bernardini, Mauti, Monella, Trentini, Ansaloni) y el recordado Gringo Grenón.

Lo mejor se vio en la fase inicial, con pico al bajar a Buenos Aires, pero Chaco puso fin a la racha con un imparable Wolkowyski y obligó a cruzarse con Entre Ríos en la semifinal. Allí se inició una dinastía de campeones para la provincia vecina, con los Farabello como grandes figuras. El golpe duró hasta el partido por el tercer lugar, donde se perdió con Neuquén. No alcanzó, pero Santa Fe estaba de vuelta y el Argentino prometía mejorar en el futuro inmediato.

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16/04/2008
Página del recuerdo
UNA CAMADA BRILLANTE

La camada de jugadores nacidos en 1981 y 1982 quedará en la historia como una de las más prolíficas para la ciudad de Rosarino. Estos pibes, hoy embajadores basquetbolísticos, trajeron alegrías a nivel individual y colectivo, y con el paso del tiempo fueron la confirmación del potencial que el básquet de entrecasa tenía para exportar a la Liga y al exterior.

Con Gustavo Roig como entrenador-guía, estos jugadores pulieron su talento y trajeron para la Asociación Rosarina una innumerable cantidad de logros, los que se vieron multiplicados al estrato nacional en los Argentinos. Como siempre se tienen en cuenta dos años para armar los equipos e incluso a veces se llevaba a jugadores fantásticos que daban ventaja en edad, no siempre eran los mismos jugadores los que integraban los equipos, pero el año 1999 quedó grabado en sus memorias y en las de los aficionados al básquet.

Un año en el que Central iba hacia su segundo título local consecutivo y al debut en la Liga Nacional B. Un año en el que Edgardo Venturi y su plantel volverían a competir en un Argentino para Santa Fe logrando el tercer lugar en Río Negro.

Para aquellos deseosos de recordar esos momentos y para los despistados que no tienen la menor idea, BásquetRosario propone una postal de esa época, que tuvo su pico emotivo y triunfal en la 35° edición del Campeonato Argentino de juveniles que se disputó en la ciudad chaqueña de Roque Saénz Peña.

Pero para comentar lo acontecido en ese Argentino, que obviamente finalizó con el título de Santa Fe, hay que bucear hasta el mismo génesis de ese elenco, que se remonta al comienzo de estos chicos en el deporte, en el que paradójicamente algunos de ellos fueron rivales.

Por Rosario: Adrián Boccia, Pablo Fernández, Joaquín Fernández, Diego Foradori, Ignacio Tripelli, Nahuel Garré, Federico Pascual. Por Santa Fe: Carlos Delfino, Eduardo Calvelli, Santiago Ramatti.

Desde infantiles jugaron cabeza a cabeza cada provincial, con éxitos repartidos y luego se juntaban en cada uno de los seleccionados de Santa Fe para apabullar rivales en los Argentinos. Eran rivales pero amigos y sabían que les esperaba un gran futuro en el básquet, con Boccia y Delfino como estandartes, jugadores que en el futuro ganaron juntos un Panamericano y fueron figuras en un Mundial juvenil. Ni hablar del santafesino, campeón olímpico y jugador NBA.

En la temporada 1999, la ciudad de Rosario fue elegida como sede del torneo provincial de juveniles, uno de los últimos que esta camada disputaría cara a cara. Ante las ausencias de algunos valores que ya estaban en Liga como Pascual o Fernández, Gustavo Roig apostó a varios pibes que la rompían en Rosario, algunos incluso en la B o la C. Tuvo como refuerzo a Adrián Boccia, cedido por el Boca de Rubén Magnano.

Foradori, Boccia, Tripelli, Joaquín Fernández, Diego Crocce, Ramiro García, Gabriel Domínguez, Germán San Martín, Ezequiel Dentis, Horacio Lorenzatto, Nahuel Garré y Silvio Ocampo integraron el equipo y el último corte fue Ignacio Fernández.

Sportivo América fue testigo de una victoria contundente de los pibes ante cada uno de los rivales, en un certamen que tuvo nombres relevantes en los otros equipos también como Gustavo Vagliente, Antonio Porta, Andrés Faez o Javier Ceci.

La final fue ante Santa Fe y, si bien el seleccionado de Gustavo Roig fue clarísimo ganador por 101 a 68, se dio un formidable duelo entre Boccia y Delfino. El rosarino clavó 35 y el capitalino 30. Todo fue fiesta ante una multitud en América.

Una vez finalizado este campeonato, había que armar el plantel de Santa Fe con la mala noticia de saber que Boccia y Fernández no iban a ser de la partida. Fueron convocados los rafaelinos Faez y Bertorello, más los santafesinos Delfino y Calvelli. La base era rosarina: Crocce, Tripelli, Foradori, Garré, Domínguez y Dentis.

Otra vez el camino fue contundente. Nuevamente los rivales pasaron en el fixture de Santa Fe como escollos. Río Negro, Formosa, Córdoba, Entre Ríos en semifinales hasta llegar a la final frente a Buenos Aires. Allí, el 11 de setiembre de 1999, el Mono Tripelli sellaría la victoria santafesina por 85 a 82 cuando no quedaba tiempo en el reloj y desataría los festejos. Delfino hizo 20, Foradori 18, Tripelli 15 y Fernández 10. Unidos en mitad de cancha de la calurosa ciudad chaqueña, los pibes tuvieron un momento más de gloria. Luego, con el correr de los años, siguieron haciendo ruido y dándole alegrías a la ciudad y al país.

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19/02/2008
Página del recuerdo
TODO UN PERSONAJE

El básquet a veces brinda la oportunidad de conocer a personajes increíbles, pintorescos. Ya hace tiempo, en las épocas de Newell’s en el Torneo Nacional de Ascenso, los viajes a la localidad cordobesa de San Francisco eran toda una oportunidad de ver a un equipo distinto: San Isidro. En ese elenco jugaba un conocido ex Central, Germán Sciutto, que ahora brilla en el ascenso italiano. Pero la particularidad de ese elenco era a qué y cómo jugaba. San Isidro era una máquina de correr, con posesiones cortas y sin puestos definidos. Una verdadera locura de vértigo y velocidad que obtenía muy buenos resultados. A Newell’s le dio varios dolores de cabeza.

Pero no jugaban a correr y tirar. Jugaban Vedime. ¿Qué? VEDIME.

Antonio Manno era el entrenador de ese equipo y reside en la actualidad en la ciudad de Charata, a donde el básquet también brindó la chance de llegar en oportunidad de un partido del TNA. El viejo Manno está imposibilitado de caminar sin ayuda, pero continúa con mucha lucidez, se entusiasma cada vez que recibe algún mensaje o llamado telefónico y en los últimos tiempos (hasta que un golpe lo obligó a quedarse en casa) también sigue a Asociación Española, que es dirigido por José Podskoc, un entrenador de larga trayectoria que vive con  Manno (tiene 73 años).

Antonio siempre fue un tipo muy particular, con una visión clarísima del básquet que muchos no comparten. Siempre estuvo dispuesto a compartir sus ideas, a punto tal que desde que Oscar Lehrer me lo presentó hace más de una década, me envió numerosas cartas detallando los sistemas de juego que se desarrollan en el Vedime, que significa velocidad más dinámica mecanizada.

Pero Antonio Manno también dirigió en Liga A. Fue en GEPU de San Luis, cuando festejó el título en la temporada 1992/93 y se coronó campeón ante Atenas de Córdoba. Ese equipo puntano empezó dirigido por él y terminó al mando de Orlando Ferrato. Contaba con  Juan Alberto Espil, Gustavo Fernández, Esteban Pérez, Sergio Dacuña, Fernando Allemandi, Elnes Bolling, Carl Amos, Rafael Costa, Roland Houston, Javier Medina, Leonardo Díaz, Martín Peinado y Héctor Minzer.

La página Webasketball resume muy bien alguna de sus ideas: Siempre fue un estudioso y dentro de esa línea y buscando compensar el desnivel de altura que se reflejaba en las canchas impulsó el estilo de juego. Manno escribió: “Como es sabido, esta zona geográfica carece de hombres altos, nosotros no tenemos ningún jugador de más de 2 metros, por lo tanto no podemos hacer un básquetbol de gigantes como en la NBA o algunos países europeos. Estamos obligados a optar por un juego de medianos y es por eso, que recurrimos al estilo de Juego Vedime (velocidad + dinámica mecanizada), porque es en él donde se aprovechan al máximo las condiciones del hombre mediano, siendo una de estas la velocidad natural con todos sus matices...Como complemento inseparable, dentro de lo posible, es el contraataque, debiendo ser los ataques fijos, breves y sorpresivos....”, entre muchos conceptos más.

Aquellos que quieran conectarse con Antonio pueden hacerlo al 03564-15517307 o escribir unas líneas a podskoc@hotmail.com

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22/12/2007
Página del recuerdo
LA FINAL MáS INCREíBLE DE LA HISTORIA DEL BáSQUET

La pasada final por el ascenso a primera B me hizo recordar una vieja historia justamente entre los mismos equipos pero 40 años atrás, exactamente en 1967. Se enfrentaban Sportivo Federal y Edison para definir cuál de los dos conseguía justamente lo mismo que hace unos días consiguió Edison, el tan ansiado ascenso a primera B, categoría que contaba de 10 equipos y se dividían en grupos de 5. No recuerdo bien cómo era el sistema de clasificación y playoffs, pero sí sé que todos se quejaban. En fin, era una cagada...

Resulta que en esa época el conjunto de Edison era dirigido por Flavio Beto Méndez, quien era un revolucionario del básquet local que jugaba sin pivots (está claro que su teoría, la que la defendía a muerte, no tuvo mucho consenso). El decía que si todos bloqueaban y corrían no se necesitaban pivots, el juego era todo contraatacar y jugar uno contra uno, aunque nunca estuvo claro si pensaba eso realmente o lo decía para excluir de su equipo al gran, recordarán los memoriosos, Pedro Bolaño, un gordo 2x2 y 100 kilos que se comentaba franeleaba seguido con la hija de Beto.

Me fui un poco por las nubes, no quería contar yo cuestiones internas del club menos de mi querido Edison de mi infancia, y además soy muy parcial ya que no me acuerdo ni uno de los nombres de los jugadores de Federal. Tenían un base bastante bueno, sabía hacer bien la bandeja de derecha. Un ayuda que corría y saltaba (no se por qué no hizo un poco de atletismo), y jugaban con tres hombres altos para contrarrestar la falta de altura de Edison, equipo donde el jugador más lungo media 1,80.

Está claro que en la C del básquet rosarino de aquella epoca no sobraba talento y menos altura, pero lo que no faltaba era pasión.

El 7 de diciembre de 1967 (tuve que recurrir a La Capital del 8 de diciembre, todavía la guardo para los que no creen mi historia) el Edison Square Garden (en esa época soñábamos con parqué, 40 años después es la misma mierda la cancha) estaba repleto, colmado por 75 hinchas del anfitrión y unos 30 de la visita. Yo era un pibe, aclaro. La serie estaba 2 a 2 y era a 5, o 1 a 1 y era a 3, o era el primer partido y se jugaba a uno solo, no me acuerdo, pero la cosa es que definía quién ascendía. El que ganaba subía.

En esos tiempos, a pesar de no ser más de 75 hinchas, éramos bravos, no había bombos como ahora, solamente papelitos y botellas contra el piso, pero crean si les digo que la barra de Edison metía miedo. Todos lo decían.

Quedan 5 segundos, Edison gana por 1 con un golazo del Ruso Carliotti (no se por qué le decían Ruso y no Tano), tiene que reponer de fondo Federal y encima no tienen más minutos. El Edison Square Garden tiembla, late. En ese momento y mientras se desmarcaba el base de Federal para subir la pelota, los capos de la barra liderados por el gordo Alfredo que manejaba el tema del buffet, se ponen atrás del aro que defendíamos y lo empiezan a mover muy bruscamente. Tengo la imagen grabada de la frente sudada de Alfredo tironeando con fuerza para mover el aro, que ya amagaba con ceder. Los jugadores miraban aterrados y hasta algunos creo se alejaron por las dudas, yo miraba con el trapo de piso en los pies (era el pibito que limpiaba el piso) y sufría por mi Edison. Recibe la bola el base de Federal, corre en diagonal a mitad de cancha 6 o 7 metros, mete un cambio por delante dejando pintado al Ruso, levanta la cabeza, el tiempo se consumía, 4,3,2… en ese momento se da cuenta que el aro donde tenía que meter para ganar esta caído, sí sí, caído tal como lo dice la palabra. Toda la jirafa estaba en el piso y el aro había quedado acostado contra el piso. Hinchas en la cancha, los árbitros al mejor estilo Lamolina : Siga, siga. El base de Federal no tiene otra idea que la mejor: en el movimiento más espectacular que alguna vez pudo haber hecho un campeón de bochas de la época, o de Bowling ahora, tira la pelota rasante por el piso. Cara de pánico del gordo Alfredo que ve cómo poco a poco la pelota avanza por el piso, entra sin hacer ningún espamento por el aro y me viene directo a mí. La paro con el pie, lo miro al árbitro esperando que diga algo (estaba blanco el muchacho) y no se le ocurre nada mejor que indicar con su dedo índice y mayor hacia abajo que el doble vale, que perdimos el ascenso en la final y el tiro mas increíble de la historia del básquet.

Ustedes se imaginarán el quilombo que se armó, mientras los 12 de Federal (en realidad no se si llegaban a 10, debían haber sido 8 o 9) festejaban y los hinchas no lo podían creer, todo Edison estaba en medio de un dilema psíquico impresionante. Matarse o matar al árbitro.

Yo me quedé mudo, quieto, con los ojos abiertos, no lo podía creer. Algo similar les debe haber pasado a los muchachos de la barra porque ninguno fue como loco a matar a los jueces que enseguida se retiraron con el único policía que había en la cancha (era un hincha de Federal que era policía en serio, no era contratado por la Rosarina ni nada de eso, el loco era hincha de Federal nomás) y encima con la caradurez de sostener que la conversión era válida, que miremos el reglamento FIBA para corroborar.

Obviamente al día siguiente empezaron las quejas, las cartas documento, acusaciones, hasta denuncias hubo. El tema es que esta final desbordó la Rosarina, pasó a la CABB y finalmente se esperó una resolución por parte de la mismísima FIBA. Resulta que no es textual pero es similar. El reglamento decía: “Es valida toda conversión donde la pelota pase por dentro del aro, pudiendo ser esta de 1, 2 o 3 puntos. Y no es válida la conversión si la pelota primero ingresa de abajo hacia arriba”. Claro que no explicaba qué pasaba si la pelota entraba de un costado al otro, de izquierda a derecha o viceversa si lo mirabas del banco de suplentes. Hecha la ley, hecha la trampa, Federal festejó todo ese verano y hasta el héroe de la noche se dio el lujo de dedicarle el triunfo, ascenso y lanzamiento a su recientemente fallecido abuelo, gran jugador de bochas de los campos de María Juana que le había inculcado a este muchacho ciertos dotes de bochista como demostró en la final.

A partir de ahí se modifico el reglamento FIBA en su artículo correspondiente quedando hasta ahora algo como “es valida toda conversión donde la pelota pase por dentro del aro, siempre que este se encuentre a 3.05m…”

Espero no tener que aclarar esto y que se hayan dado cuenta antes, pero obviamente esto no pasó, y aunque no lo crean conozco más de una persona que escuchó atentamente esta historia y la creyó, o hasta la cree actualmente. Que la inocencia les valga.

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21/11/2007
Página del recuerdo
UNA POSTAL DEL TNA

Un extensísimo y no menos insoportable viaje a La Plata fue la excusa que usaron los recuerdos para volver a presentarse. Tal vez el debut de Central en la Liga Nacional B también haya servido como disparador para que la memoria juegue una hermosa carta y permita revivir momentos pintorescos, graciosos, agradables, felices si se quiere para aquellos que entienden que también la felicidad puede llegar de la mano de una actividad deportiva.

Es que el Polideportivo del Lobo platense fue testigo mudo (porque así quedó) de una de las hazañas de Newell’s cuando jugaba en el Torneo Nacional de Ascenso una década atrás. Fue en el marco de una serie de playoffs de cuartos de final, llave que la Lepra ganaría para después caer en semifinales ante Siderca de Campana en donde despuntaba un pibe salido de Saladillo: Hernando Salles. Pero esa es otra historia.

Obviamente que las fotos están impresas en la memoria, pero que no habrá datos fidedignos de fechas ni resultados. Es que ir al archivo –existe- le daría rigurosidad periodística a estas líneas pero le quitaría el cariño de lo artesanal. Es mejor repasar así las anécdotas del paso rojinegro por la segunda categoría del básquet argentino, como se presentan, como quieren ser recordadas.

Tras perder los dos primeros choques de la serie ante el elenco de Adrián Gómez, Newell’s volvió a Rosario con escasas esperanzas de lograr el pasaporte. Había sido un año de los difíciles, con una racha negativa importante como visitante. Las caídas en La Plata habían sido calientes, la presión se había comido a Newell’s. Sin embargo, se empezó a gestar entre los asiduos seguidores del equipo del Parque la necesidad de copar el estadio y de darle un poco de su propia medicina a los platenses. Y así fue. El rojinegro metió presión como pocas veces se vio en el estadio cubierto cuando la Lepra jugaba en el TNA y ganó los dos partidos con una perlita: Cansado de las agresiones verbales de los hinchas locales, el base visitante Raúl Malchiodi se la agarró con un hincha y le sancionaron una falta técnica que fue clave para Newell’s de vuelta el cuarto encuentro.

Otra vez a La Plata para el quinto. Otra vez a jugar fuera de casa, donde todo costaba el doble.

El viaje comenzó con una sonrisa. Un calvo relator local (seguramente negará esta especie, pero el recuerdo volvió así) quiso guiar al chofer a un restaurante y terminó en el estacionamiento de un supermercado, que para colmo, estaba cerrado. Salvo D’Angelo, todos lo tomaron con gracia. El DT estaba pensando en otra cosa. En cómo ganar.

Y en La Plata recibió a los leprosos un clima caliente instaurado por el cuerpo técnico local y por una hinchada que por esos días apoyaba masivamente al Lobo.

Todo estaba armadito. Los medios de prensa del visitante iban justo debajo de la hinchada local para sufrir todo tipo de agresiones. Nadie tenía que estar cómodo.

Pero Newell’s no estuvo solo, porque una veintena de hinchas acompañaron al equipo para alentar desde la platea más cercana a la hinchada local, para que, obviamente, sintieran la misma presión que prensa, jugadores y técnicos.

Los datos del juego son borrosos, pero la realidad es que luego de un choque extremadamente parejo donde el formidable Robert Siler fue importante, Newell’s llegó a los segundos finales ganando por la mínima y Gimnasia tuvo la última pelota. Muñoz ¿o fue Hart? Algún jugador del tripero penetró en la zona pintada leprosa e intentó cambiar el rumbo del duelo, cuando apareció inmensa la mano de Gustavo Monella para tapar el balón al instante en que se escuchaba el más dulce sonido para un equipo que marcha al frente en el marcador: la chicharra final. Después hubo un segundo de festejo en la cancha antes de los proyectiles y de tener que salir corriendo para entrar a un gimnasio donde se encontraron cara a cara todos los que habían llegado desde Rosario creyendo que era posible ganar. La salida fue entre escupidas e insultos, pero el festejo con champán.

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29/10/2007
Página del recuerdo
INOLVIDABLE

Primero a modo de introducción explico por qué estaba allí, jugando una semifinal ó final (no recuerdo bien que era, pero era importante) de la categoría Cadete Menor, como se llamaba en aquella época para el extinto Club Uria, en cancha neutral del Club Policial (Mitre y Catamarca), que en esa época era la cancha oficial de Rosario Central para el Basket, enfrentado al club Arizona (incluido Pipo Barberi y algún otro renegao de El Tala); porque éramos un equipo que se las rebuscaba, sin ser yo más que un mediocre jugador. Pero algo sumaba, sólo por tener más experiencia, dado que siempre jugué con un camada un año mayor que yo, no por bueno, es más, creo  que porque cuando  llegué al club (empecé en El Tala de Beto Solari) tarde y no sabían donde ponerme, caí con esa banda. Imaginarse al gallego Gomez Uría de defensor rebotero, haciendo pareja con Torres, media cancha Raul Duarte, Enrique Fernandez, y al principio el Turco Tela Gabriel. Era un buen equipo para el medio. De tanto jugar con ellos (más veteranos) algo mejoré y siendo más chico me servía cuando jugaba en mi categoría con Gogui y otros.

No quería dejar de contar porque rara casualidad yo estaba jugando un partido definitorio del campeonato de Rosario.

Ahora la anécdota en cuestión, es una raresa para la época, para nosotros seguro, porque las prácticas eran picados, la entrada en calor era unos tiros de media cancha antes del picado con el DT de turno (pudo ser Alberto Pezón, sí,  así se llamaba, TETA para los amigos), que lo único de DT era que se sentaba en el banco en los partidos y hacían los cambios, cuando tenia jugadores suficiente. Quién se puede imaginar circuitos de lanzamientos, bandejas, defensas, contragolpes (tres calles), todo desconocido. Ese era el escenario de basket de la época, sigo extendiendome con detalles para entender la raresa, repito que nos ocupa. Era, calculo el año 69, los habilidosos brillaban por su ausencia (otra época lo sé), manejar las dos manos, ni en dope, solo PICABAMOS CON LAS DOS, y muy bien,  el salamín, el queso y las aceitunas negras del buffet del club.

Sabado a la tarde, estamos en el medio de la cancha para el salto inicial, el juez lanza la americana (plastico naranja, toda una novedad), cachetean entre los dos y la bola sale para el medio y cae delante mí en dirección al cesto de Arizona, lo cual me insita a correr hacia el aro con la pelota capturada y apareado con un adversario, inicio el movimiento básico para realizar la bandeja, dos pasos y hacia arriba. Pero seguramente el primer paso lo hice con el pie cambiado y termino la bandeja al revés con lo cual no tuve más remedio que tirar para arriba con la izquierda (la inútil), y fue DOBLE. Sí BANDEJA DE ZURDA, como me voy a olvidar de la hazaña. Mi primer bandeja de Zurda a los 16 años. Hoy inadmisible ¿NO?

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11/10/2007
Página del recuerdo
TODO POR UN ASADO

Cuantas historias se pueden contar en un solo espacio. Una o mil,  los personajes, rodearon mi vida de adolescente junto a la cancha de básquet de CAOVA, que estaba enclavada donde hoy esta el salón y tenia medidas de cancha en serio.

Juntarnos después de entrenar o de algún partido rodeando el buffet, que en aquellos días de esta anécdota concesionaba Rinaldi.

Algunos muchachos que de botar el balón y encestar sabían poco, se les ocurrió formar un equipo para participar en el torneo de novicios, como para despuntar el vicio, porque si algo aprendí es que este jueguito de mierda es un vicio que te llevas a la tumba, sin que ninguna organización de rescate pueda salvarte, un verdadero  VIAJE DE IDA.

Claro, que la suerte del equipo estaba echada antes de comenzar el torneo. Invictos sin ninguna victoria, y por supuesto, la pregunta después de cada partido era, por cuanto  perdieron.

Gimelito y yo, decidimos por no tener nada que hacer en la primavera y verano rosarino, seguir la campaña del” drink team “, porque después de cada partido el moscato , si moscato leyó bien, era la bebida de moda y a los muchachos a la hora de conseguir fondo blanco no les ganaba nadie.

A pesar de disfrutar lo lúdico, las derrotas consecutivas, semanas tras semanas, empezaron hacer mella en los integrantes de five, sobre todo por las chanzas de los que no jugaban a nada, pero cargaban a todos.

Un día del buffetero, se jugó,” si ganan un partido hay un asado gratis para los integrantes del plantel “, el hombre sabia, que tenia a su favor todos los números del talonario, pero nunca imaginó que su reto hizo poner en funcionamiento las pocas neuronas de todos (jugadores y seguidores, en realidad éramos dos).

Una noche después del desafío, había que ir a jugar a cancha de Fisherton, aquella al aire libre y con piso de polvillo.

Apenas llegamos Gerardo (que no era otro que Gimelito) le dice al Coqui  Navarro, unos de los muchacho integrante de aquel equipo de incapaces basquetbolistas, “anda firma la planilla y dame la camiseta”, Gerardo la rompía en cadetes menores (nominación de aquellos tiempos), pero se necesitaba la complicidad para cerrar la broma del hombre que era planillero, un bancario, tesorero del club, que entendió la propuesta.

Los contrarios no se iban avivar, porque como todos los equipos de esa categoría casi ni se conocían entre ellos, menos conocimientos del adversario, y el árbitro, nuevito el hombre, porque ese torneo se utilizaba para que hicieran sus primeras armas.

La misa en escena esta lista, empezó el partido, y Gemelito metió los 45 puntos de los nuestros contra los 44 de los muchachos con camiseta del Aston Villa.

Regreso a la zona sur, más allá de la medianoche. Algunos viejos socios amantes del amargo, sentados tomando fresco sobre el pedregullo que rodeaba la cantina, y todos nosotros con el pacto de mantener el secreto de la vía utilizada para lograr la victoria que acreditaba la planilla del juego, que se la llevaba el ganador, para entregarla en la Asociación . El tesorero en silenzio stampa, y el Coqui, con la prueba en sus manos llegó hasta el mostrador, para decirle a Rinaldi, que debía pagar la apuesta. Nunca olvidaré la cara del hombre, estupor, asombro, incredulidad y por supuesto, solo tenía una garantía de que aquello no fuera cierto, el planillero, hombre probo como pocos que conocí , debe haber asentido la primera y única mentira de su vida, recuerdo aún sus palabras “es cierto, Navarro la rompió”.

La apuesta fue pagada, el asado disfrutado como pocos, y el secreto mantenido hasta hoy.

En alguna cantina del cielo, Rinaldi, le hará algún reproche a Gimelito y al bancario, pero la charla terminará con alguna sonrisa y un  copetín de por medio.                                   

Jorge Leone 

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04/09/2007
Página del recuerdo
Brillará Blanca y Celeste, LA CUEVA CONSTITUCIóN

Seguramente las fechas carecerán de exactitud y algunos nombres estarán equivocados. Es más, es muy probable que no sea el más indicado para escribir estas líneas. Razones sobran, por la edad (corta), por una memoria que no es de las más lúcidas y por una marcada subjetividad hacia la mayoría de los personajes de esta historia. Muchas de las cosas que ocurrieron entre las gastadas y grises paredes del club de la calle Urquiza forman parte de mi anecdotario simplemente porque me las contaron, con el profundo riesgo que acarrea el boca en boca.

Nunca jugué bien y tengo recuerdos de muy pocos partidos dentro del rectángulo, es más, fui socio apenas por unos meses (si es que lo fui alguna vez). Tampoco soy de esos que estaban todo el día en el club; lo hice de chico y me tocó volver casi a los 17 años, cuando me iniciaba en el periodismo. Fue el momento de reencontrarme con muchísimos amigos, de la vida, de la escuela, del barrio; esos que hace años no te ven pero que te saludan como si hubieran almorzado con vos ese mismo día. El inconfundible código de un barrio y de un club que sabe conservar de manera irrefutable el sentido de pertenencia: si creciste ahí, sos de ahí, sin importar lo que hagas o lo que pase. Algo similar a la amistad, pero todavía más concreto.

Me dijeron que un equipo de la C volvía a jugar tras varios años y había pagado un micro en un programa de radio para cubrir los partidos. “Es Sportivo Constitución”, comentaron. “¿Lo conocés?”, fue la pregunta. “La Cueva”, fue la respuesta.  

El técnico era Gustavo Lafranchi. Más que técnico era un amigo, más que amigo era un pariente lejano. O la mejor definición: un pariente lejano pero un amigo cercano. Jugaban el Negro, Tateano, el Chivo, el Dani, el Cabezón, Pepito, y los hermanos McCormack, algunos de los amigos y conocidos de la infancia. Era prácticamente un equipo integrado por jugadores que estaban en las inferiores del club y que se habían quedado sin lugar cuando dejó de hacer básquet.

Para aquellos desprevenidos, Constitución fue un gran protagonista de los torneos locales, a veces en el ascenso, a veces en primera. En algunas ocasiones resaltado por éxitos deportivos y en la mayoría por incidentes que tienen más que ver con lo policial. Se sabe –y si no saben les cuento–, jugar en La Cueva no era sencillo y salir tampoco.

Pero volviendo a un pasado no tan lejano, las imágenes fueron impresionantes en el retorno. A pesar de vivir a 200 metros del club no había cruzado las puertas de chapa desde varios años atrás. El televisor en lo alto, las mesas de cafetín de los vejetes y el olor a empanada frita ofician de recepción. Nada había cambiado, o muy poco.

Ese primer día fue saludo tras saludo y la emoción de escuchar el sonido de la pelota contra el sucio y frío mosaico. Poca luz, mucho humo por los choris y el técnico que no estaba. Lo fui a buscar a Gustavo, y no había muchas opciones: puerta corrediza hasta la sala de juego. Entre la nube generada por los cigarrillos y los gritos provenientes de las mesas hubo que avisarle al entrenador que era hora de la charla técnica, que el partido tenía que empezar.

No sé bien cómo fue, pero me contaron que por esos días llegó un pibe de Pergamino con un bolsito, que quería jugar al básquet en cualquier club y le dijeron que en Constitución podía tener lugar. Pelo largo, flaquito, pero dueño de la mano más tremenda de la categoría y, según demostraría a lo largo de los años, de la ciudad. Denis Ortenzi fue la carta para convertir a Constitución de participante a candidato y luego para hacer la metamorfosis que lo llevó de candidato a campeón.

Fue el retorno al básquet de un club querido por muchos, odiado por otros tantos, pero que a pesar de su habitual rudeza despierta simpatías. Simplemente porque pocos entienden cómo puede llenar una cancha en una final si no tiene más de 50 socios. La mayoría ven con curiosidad las cosas que allí ocurren, como que tenga en lo alto del gimnasio tres camisetas retiradas en homenaje a sus ídolos del pasado. Casi NBA.

Como casi todos los clubes de barrio, La Cueva tiene sus leyendas urbanas, como cuando era obligatorio tener tableros de acrílico y dicen que se pudieron comprar con el dinero obtenido por el cambio de un voto en una asamblea.

Como cuando al Bebe Calvente le traían a la novia desde Tucumán en la previa de los partidos para que esté contento.

Como la victoria en Saladillo ante un equipo que tenía entre otros al Pini Salles. Fue con 50 de Ortenzi, con el Richard y el Ale repartiendo de lo lindo. Si el perro que vivía en el club y que siguió al colectivo de la hinchada hasta la zona sur se metió a parar un contragolpe de los locales.

Como el aro que se movía ante cada tiro libre rival. Un día un árbitro recién llegado a la ciudad se atrevió a decirle a los hinchas que paren de empujar la jirafa y obtuvo una clara respuesta de uno de los integrantes de la barra: “Acá siempre movimos el aro”. Ya el Negro, Tateano, el Chivo, Ortiz, Caripela, el Cabezón, el Ñato, Madera eran todos hinchas caracterizados.

Es verdad que hay cientos de historias que tienen que ver con agresiones, golpes, corridas, puntuales cortes de luz y demás, pero no vienen al caso. También hubo muchas derrotas, pero tampoco importan. Son mucho más divertidas las anécdotas del humo de la parrilla impidiendo la visión cuando ataca el rival, o ver a la hinchada comiendo tras el aro en una larga mesa de frente al partido que se estaba disputando.

Después llegó el ascenso a primera y vinieron los subcampeonatos ante el tremendo Central del Turco Grimaldi. Imaginen la dura pero feliz (o infeliz) tarea de comentar un partido donde querés ganar tanto como cada uno de los jugadores o de los hinchas. Pero después vinieron los problemas económicos y la desafiliación. Después todos los pibes se quedaron sin club. Y ahora cuesta arrancar. Y es muy triste.

Pero un día volverá Lafranchi y por ahí Poroto. Y todos los que pasaron por la Cueva pondrán su granito de arena para el retorno. Es más, por ahí Ortenzi se da una vuelta. No sé si era el indicado para escribir sobre La Cueva. Apenas si pude ver una parte chiquita de la historia. Ahora espero poder escribir sobre lo que vendrá.

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